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Padres

15 Carta / A ti, que tus padres discuten y se enfadan

Domingo, 19 de septiembre de 2.010

A ti, que tus padres discuten y se enfadan:

Hijo, hija, tenles paciencia, reza mucho por ellos, y quédate neutral ante sus riña; y si te dicen, los dos, o uno a uno, cuál crees que tiene razón, diles y díselo por Dios, aunque tengas ya hecho en tu mente y corazón tu criterio propio, pero diles por Dios y no por ti, ni por ellos, que tú amas a los dos, que necesitas de ambos y que no puedes decir lo que piensas sino lo que sientes, y es amor por cada uno de los dos.

En el fondo ellos quieren que los unas, ellos quieren que hables bien de los dos, necesitan que los unas porque la vida los está separando y sólo tú puedes recordarles que ambos te crearon junto al permiso de Dios, que les concedió este hijo, esta hija que eres tú.

Los hijos deben callar si los padres hablan, y quizás su amargura es muy grande cuando realmente ellos, o uno de los dos, hace y dice cosas graves que daña al otro. Piensa más en ellos que en ti mismo-a, piensa que ellos, por el matrimonio, se comprometieron uno al otro, o por algún momento, siendo pareja, si no están casados por el civil, piensa que en algún momento decidieron tenerte, quizás antes o quizás después de concebirte, pero hubo un momento en que ambos estuvieron de acuerdo en ser tus padres, lo aceptaron, tanto si vivían juntos como si no, ellos llegaron a un acuerdo; si ahora han cambiado, no tiene nada que ver contigo, sólo con ellos dos, por eso no puedes ponerte a favor y en contra de ninguno de los dos, a menos que no haya violencia física o maltrato psicológico; luego es distinto, no es lo mismo, pero si sólo es que discuten y se han acostumbrado a criticarse, sea a escondidas uno del otro, o sea en pleno rostro, no te metas, no te entrometas, y reza por ellos; y la Virgen María, que fue esposa, intercederá por la unión de los dos. Y aunque lo crees saber todo, porque te lo cuentan ambos, o uno de los dos,  no lo sabes todo, y, por no saberlo, es mejor hacer lo que Jesús, Dios, hizo: lavar los pies de sus apóstoles; tú lava los pies de tus padres, sírvelos, y si sois más hermanos, uníos en el servicio, y, con vuestro ejemplo, enseñadles lo que es el amor verdadero. Pon paz, ¡puedes! Por lo menos callando. Tampoco vayas a hacerles ninguna corrección fraternal a ninguno de los dos, son tus padres. Tú reza y confía en la eficacia de la oración. Y si uno de los dos tiene penas y dolor, lo escuchas, ¡eso siempre!, y con respeto, porque a veces los padres necesitan desahogarse y es mejor que lo hagan contigo y no con los amigos y no con el psiquiatra. Cuando ocurra esto, que te hablen los dos o uno de los dos, escucha siempre, con mucha caridad, y responde así: “me duele que os lo paséis mal, que te lo pases mal, porque los dos tenéis cosas muy buenas y os quiero con todo mi corazón; no quiero veros sufrir, deseo que haya paz y que arregléis las cosas con buena voluntad”. Aquí seguro que te dirán que es imposible, y etc. Así que les sigues diciendo: “Comprendo que es muy difícil la convivencia y que es muy duro aceptar lo bueno y lo malo del otro, pero… por favor, me gustaría que mañana volvieses a comentármelo, habré pensado y rezado por todos y podré tener una idea mejor de la situación”. Y llegado el mañana, otra vez, con infinita paciencia los escuchas o le escuchas; si hace falta, abrazas y lloras y besas, pero repite siempre que no estás preparado-a para dar una decisión, que necesitas más tiempo, que quieres pensar más y orar más, para poder ayudarlos mejor”. Y con tu postura y el tono pacífico y triste de tu voz, pide el respeto para ese tiempo tuyo, que necesitan ellos para reconciliarse; y Dios para ayudar a los dos, a toda la familia que tiene que ser, debe de ser, iglesia doméstica. Y reza y que te vean rezando, no escondas que estás preocupado-a, pero que sepan también que confías en los dos, en la oración y en Dios.

Y mientras y siempre, los valoras, valora lo que hacen, valora lo que dicen, por lo menos con el respeto debido y la educación correspondiente de  un buen hijo-a de escucharles con atención, de estar pendiente de lo que dicen y así se sabrán respetados y amados, ya estén los dos juntos o uno solo. Y esto sirve tanto por si eres joven o eres ya adulto, o incluso estás casado y no vives ni con ellos.

La próxima semana os escribiré contándoos como debéis actuar los hijos con los padres, a ambos igual, a menos que no haya maltrato físico o psicológico, porque cuando hay maltrato, es que el maltratador no está bien. De este tema también os escribiré en la otra semana, porque las personas sufren mucho y, aunque sufran, no a todo hay que decir amén y sufrirlo, también es de buen cristiano ayudar al que es malo-a. Y los hijos pueden hacer tanto por sus padres, pueden ayudarlos a salvarse, aunque sus padres estén separados o divorciados. Todo esto os lo iré enseñando para que, sintiéndoos útiles ayudando a vuestros padres, seáis servidores de Dios, que como Jesús, sirvió a malos y a buenos.

Pero lo importante es que sepáis que sois hijos por voluntad de Dios, y por el don que Dios os ha otorgado al ser hijos, podéis y debéis ayudar a vuestros padres. Podéis hacerlo, yo os enseñaré, porque muchos padres se han confesado conmigo y me han hablado de ello, y lo sé. 

Vosotros, para vuestros padres, sois sus hijos, lo digan o no lo digan, pero sois sus hijos, por serlo. También hablaré de esos hijos a los que les falta el amor de un padre o de los dos. Os ayudaré, hijos, para que vosotros ayudéis a los padres, y vuestro hogar sea una iglesia doméstica, con paz al principio, y luego luz y amor, y este amor lleve a una convivencia directa con Dios, Uno y Trino, y la vida familiar sea maravillosa; y aunque fuera del hogar no haya paz, la tengáis por lo menos en la familia, y sobre todo en uno mismo, en sí mismo. Os iré enseñando todo lo que sé, para que veáis que vale la pena vivir y casarse como Dios manda, porque el matrimonio, si es canónico, es fuente de alegrías, tanto físicas, como espirituales, sociales e íntimas. ¡Viva la familia!

Y recordad esto: no hay nadie más persistente que Jesús, que Dios, y aunque tus padres, o uno de ellos, sea muy tozudo, Dios, por tu oración y ejemplo, puede, CON EL TIEMPO, hacer de tu hogar, del matrimonio de tus padres, un fiel reflejo del amor de San José y Santa María, porque el amor no vive precisamente en el sexo, y aunque es natural que tus padres lo tengan, te diré que no hubo matrimonio más feliz en la tierra que los Santos José y María, que vivían ambos por y para agradar y ayudar a Dios. Os enseñaré y aprenderéis y os gozaréis en la felicidad de unos padres que os quieran sea cual fuere la situación que entre ambos tengan, porque hay algunos que ya han formado otra familia, incluso ante Dios, porque hay mucho matrimonio hecho a las prisas y corriendo, y se casan muchos sin saber lo que es el verdadero matrimonio hecho por amor, amor verdadero, recibiendo el santo sacramento.

Que tengáis una semana con alegría, la alegría de la esperanza. Hoy falta esperanza; de esto también os escribiré otro día; tengo tantas cosas por contaros, oh hijos amados, quiero que sepáis, porque, sabiendo, podréis decidir, y sé que siendo buenos, decidiréis lo mejor, y lo mejor es vivir la fe, hacer obras de la misma por Dios, con caridad.

Te quiero mucho hijo-a.

Con afecto sincero.

P. Jesús

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81 Carta / A ti, que tienes una madre

Domingo, 4 de marzo de 2.012

A ti, que tienes una madre:

¡Hablemos de ella!

Pero empezaré el tema mal para terminarlo bien, así no sufriréis tanto, hijos amados. Tengo unas palabras de un buen amigo mío y de Dios, que me ha escrito, y nos servirán de introducción al tema de las madres.

Estas son sus palabras:

“Cuantas madres escandalizan hoy a sus hijos, poniéndolos en contra del padre, jugando con la Ley, que las ampara gracias a un Gobierno de Género, denunciando falsamente para que se le retire al padre el régimen de visitas, como forma de venganza por la relación rota. Cuantas madres usan de cobaya a los hijos para pedir más alimentos, usan las órdenes de protección legales para mujeres maltratadas y que el padre se marche de casa por Resolución Judicial quitándole al hombre el uso de la vivienda, al padre, y luego meten al amante en casa, con los propios hijos. ESTO, debe ser denunciado desde la Iglesia. Esas madres, SI que escandalizan a los hijos. Mirad a las mujeres de una Sociedad y veréis su moral. Cristo vino a salvarnos, pero, la Ley no ayuda a ello, por eso, desde la Iglesia se debe denunciar, como lo hacía la Iglesia de antes, los abusos que genera la Ley de Violencia de Género y sus cómplices: Políticos destruye familias. 
A. J. G. Abogado.”

Hijo, sufre con humildad, acepta con paciencia y espera la RECOMPENSA de Dios, que te llegará vía Divina Providencia. Y no des mal por mal. ¡Difícil para ti!, pero posible si Dios vive en ti, si comprendes lo que ahora te diré, para ti y para todos.

El cónyuge, siendo contigo uno los dos, es libre de pecar, de condenarse o de salvarse. Por eso nunca hablaré poco sobre el asunto del matrimonio, porque hay que protegerse de los malos católicos, de los esposos que son bautizados y no cumplen con la Ley de Dios.

Hijo, ¡llora conmigo!, lloremos juntos por esta mujer que elegiste por esposa y te ha traicionado, a la que tú seguramente decepcionaste en algunas cosas, y las amigas y compañeras, ¡chismosas ellas!, echaron leña al fuego para deshacer las cosas que Dios unió con el sacramento del santo matrimonio.

Posiblemente tu esposa trabajaba fuera de casa, y allí conoció a un hombre distinto, sea en su trabajo, sea en el trato social, y la mujer es débil. Se habla mucho de la debilidad del varón, ¡antes más!, de que las “malas mujeres”, pueden hacerlo caer, pero todos sabemos que es mucho más fácil que caiga en el pecado de adulterio una mujer que no un hombre. El hombre tiene claro lo que quiere, y cuando fornica, es porque quiere. La mujer es indecisa por naturaleza; quiere, antes de hacer algo, cerciorarse del después; al hombre, cuando está muy apasionado sexualmente, le es difícil pensar en el después, pero consuma el acto en el ahora, abandona y se va; porque, pasada la necesidad biológica, tiene otros asuntos importantes para él, que resolver, y a ello se dedica. La mujer es distinta, planea, discute, pide y otorga, haciendo siempre castillos en el aire. Y, regresando al tema de las palabras de mí amigo, dime tú, abogado, ¿cuánto tiempo crees que este otro hombre querrá vivir en tu casa y atender a tus hijos?; no será mucho tiempo, porque no hay santidad en la relación de tu esposa con él, y sin santidad todo acaba, y esto acabará. Claro que ya será tarde para algunas cosas, porque hay que perdonar y recordar; si no se recuerda, no se perdona; se perdona cuando, recordando el daño recibido, decide uno que todo y así lo perdona, no va a vengarse y comprende que la gente peca. Otra cosa es volver, regresar a tener relaciones de amistad o de sociedad, o de matrimonio con esa persona que te ha humillado de tal modo, que incluso has odiado ese amor, ese afecto que sentiste alguna vez por ella. La punzada del odio, no quiere decir que aceptes odiar, sino que ha habido una reacción instantánea a una mala acción que te han dado, y que has luchado contra ella, contra esta reacción de odio, para vivir como Cristo vivió, HACIENDO EL BIEN.

Cuando las madres se portan mal, es cuando los padres deben ser aún más otro Cristo, porque HAY NIÑOS, y Dios, Jesús, pidió que dejaran que los niños se acercaran a Él; y tus hijos, padre despreciado, maltratado, abandonado, exiliado, deben poder venir a ti siempre que te necesiten. Claro que te parece que poco puedes ofrecerles ahora, porque otros disfrutan del beneficio de tu trabajo, de tu salario, y de tantas cosas importantes en la persona, en el hombre. Te comprendo hijo mío, hijo bueno, pero la vida es también mañana, y mañana será un nuevo día. Claro que ahora estás ofuscado por ideas y sentimientos derrotados, ¡que te han ganado!, te han sacado de casa, han dicho de tí mentiras, ¡y encima pagas! Busca si hay la posibilidad de que tu matrimonio no fuera válido ante la Iglesia, porque, de ser nulo, te espera una nueva y maravillosa vida, ¡tengas la edad que tengas!, tengas el dinero que te dejen quedar, pero habrá para ti, por la Gracia de Dios, una nueva y brillante oportunidad con una mujer verdaderamente cristiana católica, de esas que comprenden que los hombres tienen defectos y cree que el matrimonio es para ayudarse mutuamente a la santidad, ¡a ir al Cielo juntos y unidos con los hijos!

La madre buena, es abogada de la familia, a todos defiende de las injusticias del pecado, de las tentaciones y la maldad, y busca, para cada uno, la alegría que está en amar a Dios sobre todas las cosas.

La madre buena, esté delgada o tenga sobrepeso, sea joven o menos joven, sea hermosa o poco agraciada, la madre es la abogada que intercede a Dios y defiende de los hombres a la familia.

La madre cristiana católica, es valiente y discreta en sus cosas, pero jamás guarda para sí sola, en su corazón, el amor al esposo y a los hijos de los dos.

Si tú, hombre, encuentras a una mujer muy realizada, ¡no será buena esposa!, porque sus condiciones de vida van a cambiar con el matrimonio, porque sólo ella, ¡jamás tú!, traerá consigo el fruto de vuestro amor: ¡los hijos!, y si su profesión la absorbe, la hace feliz, entonces, esa mujer ¡no sirve para ti!.

¡Jamás una mujer es igual en funciones humanas a un hombre!, ¡¡jamás!!, y por lo que se es, se hace; y cambiando las funciones en la mujer cuando se casa, porque ES MADRE, entonces, no será igual que antes, será diferente su vida, y ella cambiará de carácter; normalmente siempre es para mejor, cuando una esposa es amada y es madre, cuando se ha dado libremente, en y con el sacramento matrimonial, que ayuda SIEMPRE, y suple siempre, todas esas flaquezas que las personas tienen.

Para madre de tus hijos, hijo mío, busca una mujer que quiera darte hijos, y no solo unos pocos, sino MUCHOS, si Dios quisiere, ¡que a veces no quiere!, otras sí.

Para esposa y madre, busca una mujer que ame a Dios sobre todas las cosas, y tendrás una esposa comprensiva y tranquila, vivirás en paz y armonía; y su trabajo “profesional”, además de todo lo que hace, será rezar para que tú te ganes muy bien la vida, para que el dinero que lleves a casa, abarque para todo lo más importante y necesario. Y CONFÍA EN DIOS, porque Dios, junto a una esposa así, regala imprevistos y gracias en abundancia, bendice a vuestros hijos, que no provocan escándalo, sino que son siempre un apoyo, una ayuda, ¡una luz en el hogar!

La madre, que sea abogada; que siempre defienda a la familia y una a la misma en el amor a la eucaristía.

La madre, tu esposa, por la Gracia de Dios, y con su voluntad en la libertad de amarlo sobre todas las cosas, SERA MARAVILLOSA.

Pero algunos se casan con una socia capitalista, y eso es la ruina. Te pueden sacar de tu casa y quitarte todo lo que más amas, hijos incluidos, en el “pack”. No seas necio, y busca una mujer cristiana católica para esposa y madre bondadosa. Y si no la hallas, mientras no la consigas como tiene que ser, ¡no te cases!; ¿para qué?… ¿para que te saquen de tu casa?… ¿para que tus hijos digan papá a otro?…

Pero hay mujeres maravillosas que esperan, llorando muchas veces, para que el hombre honesto, decente y cristiano, las encuentre. Ocurre pero, que la quieren “artista”, guapa y sexual; y te digo a ti, hombre actual (en general): ¿qué piensas hacer con una mujer así en casa?, ni a los millonarios les duran mujeres así; ese tipo de mujer te hará sufrir, te seducirá por las plazas, estando ella al acecho; llorará, si es preciso, para que la consueles, porque sabe que los hombres sucumben ante las desgracias de las mujeres, desgracias que muchas veces otros hombres les han dado por ellas dejarse querer por quien no era de fiar. Y la próxima semana hablaré de los padres, que hay cada uno, uuuuuuuuyyyyyyyyyy.

Con afecto sincero.

 P. Jesús

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82 Carta / A ti, que tienes necesidad de un buen padre

Domingo, 18 de marzo de 2.012

A ti, que tienes necesidad de un buen padre:

El matrimonio es cosa de dos, porque por la unión de dos personas de distinto sexo, en el acto sexual, se hacen los hijos, ¡se crea una NUEVA VIDA!; ¡así fuiste creado tú, por tu padre y por tu madre, unidos cuerpo con cuerpo; y ojalá hubieran estado unidos corazón con corazón y enlazados ambos juntos en la misma fe de amar y servir a Dios sobre todas las cosas, porque así es como debería de ser el que te hubieran creado, en las óptimas condiciones que necesita todo ser humano, ser amado como Dios manda.

No hay labor en equipo más maravillosa y satisfactoria que casarse y tener hijos, si Dios quiere dároslos.

Los hijos, el hijo, al ser de los dos, del padre y de la madre, puede sentirse libre, porque si sólo fuera de uno, este uno lo necesitaría demasiado y podría tornarse en su verdugo, en nombre de un amor. 

Casarse es asociarse para amarse, para dar fruto a este amor, que son los hijos de los dos. Y no hay más bella razón de vivir que estar dispuesto a dar vida a un semejante tuyo, ¡a un alma para Dios!, ¡una persona única e irrepetible!. Los esposos tienen el don de Dios de transformar su amor en vida física de otra persona a la que servirán y serán servidos por ella, en el amor familiar, en la dicha de pertenecer a una misma familia.

Casarse, es para dar fruto de este amor. ¡No es la persona una bestia!, ¡no es un animal irracional!, ¡¡es hijo de Dios!!, ¡¡¡de Dios!!!, y muchos no tienen asumido esto, el que son hijos de Dios, de verdad, y van alma en pena por esta vida, aceptando las lisonjas de lo que la vida les ofrece, sin PEDIR a Dios, a través de la oración, lo que quieren, lo que necesitan, lo que desean; o lo piden y luego no esperan. Hay tantos y tantas que piden casarse, hacer un buen matrimonio por vocación a la santidad, y luego se casan con el primero que les llega, o con la que creen más bonita físicamente, y ¡fracasan!; no dejan tiempo a Dios a que les ayude en esto. Rezan y se las apañan solos. ¡Eso no es así!; sin estar seguros de amar para siempre al otro, no puede nadie casarse, ¡miente! y engaña, ¡aunque haya mucho deseo sexual de por medio!, que algún@s sólo lo que desean es tener sexo, sea con quien sea, y se encuentran luego en que las relaciones sexuales no son satisfactorias; ¿cómo pueden ser satisfactorias sin amor verdadero y exclusivo?; allí siempre hay egoísmo, y uno se cansa de recibir, porque lo que hace feliz a la persona es dar; y ¿cómo puede dar al otro, si sólo se casó para recibir?… Hay mucha ignorancia del amor verdadero, mucha falsedad, y todo ello atrae lo peor, que es PECAR.

Os iré contando, con el tiempo, todo eso que no sabéis. Y aunque podéis pensar: “¿qué puede saber un sacerdote de todo esto?”. Os digo que lo sé, precisamente por oíros, por sentir vuestras quejas de continuo, vuestros lloros y desgracias. Os consuelo, porque tengo misericordia. Aprendo tanto de vosotros, ¡tanto!; todo lo que ya sabía, me lo decís con detalles, buscando el consuelo de Dios, que os alcanzo con la Palabra. No os acuso, mi destino no es otro que serviros, por eso me hice sacerdote, por eso soy sacerdote.

Volvamos al tema del padre.

Tú, padre, eres más, mucho más que el esposo, que el hombre de la casa; eres ¡el padre!, y tu hijo te necesita, para que lo sustentes, lo alimentes, le permitas con tu trabajo tener los cuidados de su madre, que jamás puede ser sustituída por otra persona o institución, porque el Buen Dios dispuso así las cosas: el que la mujer tenga en su vientre al hijo de los dos, y le dé el alimento de sus pechos, eso quiere decir y dice que debe estar cerca de él, atenderlo, cuidarlo, AMARLO. El hombre da al hijo suyo una madre, y ¡esto es maravilloso!; tú, tú, varón, puedes decidir y decides qué madre le vas a dar a tu-s hijo-s. ¡Tú decides el destino de tu estirpe!

Decide bien y que sea por amor. ¡Enamórate de ella!, vive para servirla, para que sea tu reina, para que en tu corazón siempre halles una disculpa a sus defectos y en tu mente recuerdes siempre lo bueno que ella posee. Ámala tanto, ¡tanto!, que sueñes con llegar a casa y verla, porque a ella debes dedicarle la vida entera, porque ella llevará el fruto de tu amor, sellado en la pasión y el goce pasional del sexo esponsal.

Hombre, cásate, pero con una mujer que puedas sentirte feliz, tú, ¡tú!, de tenerla. Algunos se casan con la que creen más bonita o “sexi” del círculo social, para que otros lo admiren, y ¿qué pasa?, que quien manda es ella, y ¡se va!, tantas veces se va del hogar la mujer objeto, porque también desea ser amada; aunque sea bonita, “sexi”, quiere ser amada, pero pocos la aman, porque muchos la desean, y el deseo siempre se pasa. Es para la mujer una lacra enorme, el ser sólo deseada. Las mujeres guapas aun tendrían que tener más virtudes que las menos agraciadas, porque, os lo diré: ¡la belleza cansa!, la belleza física cansa al hombre; sólo desea poseerla, pero cuando la tiene, le cansa. ¿Por qué cansa una mujer sin virtudes y bonita?, porque ¡es necia!, una mujer sin virtudes, ¡es necia!, se cree que por ser bonita se lo merece todo, y no da nada, ¡ni quiere tener hijos para no marchitar su belleza tan admirada!. Sí, hay mujeres que temen a la maternidad, por miedo a engordar, o sólo tienen uno o dos hijos, ¡por lo mismo!, para no perder su silueta. Si supieran ellas cuánto ama el hombre a la madre de sus amados hijos, ¡si lo supiera!. Si las mujeres supieran esto, tendrían muchos hijos. Y es al contrarío, no quieren tener hijos porque piensan que no serán amadas. Mirad, el hombre en su manera de ser, es tan realista, que quiere conservar la especie, quiere continuar con su apellido, y para esto necesita hijos, ¡quiere hijos!, ¡ama a sus hijos!, ¡adora a su descendencia!, y si hay esa mujer buena, guapa y con virtudes, que apoyó su decisión de dejar huella de su paso por el mundo, ¡que son los frutos de sí mismo!, y en estos frutos, además del trabajo, están los hijos, entonces, esa mujer, para él, es la que le ha ayudado a realizarse, porque el hombre se realiza con los hijos, ¡con su descendencia!, porque, ¿para qué trabaja tanto y se esfuerza?, para que el mundo sea mejor en cada generación; esto es lo que pretende un buen hijo de Dios. Dios Padre quiso un Hijo y eligió la mejor madre, a la Virgen María, y así hacen los hombres de Dios; este es su sello. Todo aquel que diga que es de Dios y se case por sexo, para lucir de mujer ante los demás, ¡se ha equivocado!, y no será feliz en su matrimonio, porque ella, la mujer, lo dominará, y un hombre dominado, es un perdedor. Una mujer nunca es dominada por un hombre, porque al ser madre, sabe que tiene el PODER, ese poder que jamás hombre alguno podrá quitarle, el poder de la creación, de dar vida a los hijos de los dos, de amamantar al hijo y sentirlo apoyado, feliz, en su corazón, mientras es alimentado. Y ella, la mujer, puede dedicarse a ello, a realizarse como persona, a ello, porque el esposo la mantiene; la cuida y la alimenta, para que ella pueda dar vida y tener ambos EL FRUTO DE SU AMOR, el hijo de los dos, que cambiará el mundo, que hará un mundo mejor, por las enseñanzas de ambos, sobre todo en el amor que los padres sienten el uno para con el otro, y los dos, al hijo-s de su bello amor, vivido en la pasión de los sentidos sexuales lícitos y maravillosos, que Dios ha querido conceder a los esposos.

El amor matrimonial es santo.

El padre, ¡tú!, hombre de Dios, te casas, no para secar las lágrimas de una mujer traumatizada por la desdicha que la vida le otorgó, porque hay quien se casa para sentirse “muy hombre”, y ¡no!, tampoco es válido un matrimonio así, a los ojos del Buen Dios; uno debe casarse amando locamente, siendo amado de igual manera, y DAR ambos, juntos y unidos para siempre, FRUTO A ESTE AMOR MATRIMONIAL, ¡LOS HIJOS!

Y te llamarán “papá”, y tendrás fuerzas y ganas de pelear con la vida por esa palabra, “abba”, porque no hay nada más bueno y mejor para un hombre santo que ser padre, si su vocación es el matrimonio. Pero tiene que ser santo, ¡sinó no vale!, sinó todo lo que tendría que ser dicha y felicidad, es enojo y malestar, y es lo que abunda, pero tú, ¡tú!, puedes hacer la diferencia, y dar ejemplo de tu vida; cásate para ser padre, para realizarte como varón y ayudar a una mujer a realizarse como madre, y ¡la dicha será vuestra! porque no hay mejor goce humano que cumplir con el deber divino: ¡tener hijos del amor humano!

Eso es lo que te deseo a ti, hermano. 

Con afecto sincero.

 P. Jesús

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